
Y entonces, como otras veces,
cuando el mundo está durmiendo
vamos luego comprendiendo:
no todo es lo que parece.
Ambos estaban cansados
las horas ya les pesaban
pero los dedos paseaban
por la piel ajena, vagos.
Y al tocarse como ciegos,
poco a poquito los pulsos
corrían, hasta hacer convulsos
a los dos cuerpos en juego.
Las ropas, que ya eran pocas,
caían rápidas al suelo
viendo a sus dueños en duelo
de piernas, brazos y bocas.
Testigos de tanto brío,
la blusa, la camiseta,
del pantalón la bragueta
abierta, el piso tan frío...
Quizás nadie lo creería,
pero sobre el azulejo,
de la cama un fiel espejo,
la escena se repetía.
La camiseta aprendía
a acariciar a la blusa
que inicialmente confusa
a los roces ya cedía.
Y así, la blusa y la dama,
la camiseta, el varón,
igual falda y pantalón,
arriba y bajo la cama.
Pero mañana el destino
será el cesto, ¡ropas sucias!
Para estar juntos -argucias
de la vida y los caminos-.
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