aire. (Del lat. aer, -ĕris, y este del gr. ἀήρ)

viernes, 8 de octubre de 2010
Tras la náusea, tras el vértigo que me hiciera cerrar los ojos, busco a tientas de dónde sostenerme para evitar que mis rodillas choquen violentamente contra el suelo. Mis manos sólo encuentran aire.

De nuevo, sacudiendo los brazos con más desesperación que antes, busco un asidero que me ayude a no caer. Creo que grito, o gimo, o sólo quiero -con todas mis fuerzas- hacerlo. Mis piernas más débiles y ya rastros de sudor agónico sobre la frente; los ojos que todavía no puedo abrir, pero que bien podrían estar en blanco, los brazos convulsos y los tobillos que han cedido. Y en las manos sólo siento el aire.

mientras. (De mientra).

martes, 10 de agosto de 2010

Dejé a mi lengua bailar dentro de tu boca, haciendo pareja con la tuya y con nuestros dientes como público. Después de terminada la danza, decidieron tus labios recorrer los senderos del cuerpo recorridos antes por las yemas, por las miradas.

Las pieles reconociéndose todas, las caderas cantando al ritmo que marque la noche, y tus ojos, entreabiertos (igual que los labios), susurran que salimos de la cueva de Platón para reconocer las formas que ya habíamos visto en sombras.

El amor hecho por y para, afuera, expectante por conocer la decisión antes de que amanezca. En la recámara siempre es de noche. Nadie saldrá a buscarlo. Se cansará de esperar... y terminará por tocar la puerta.

vertical. (Del lat. verticālis).

Desde abajo. Casi con los pies en el suelo y pendiendo de la cuerda. Sujeta con las fuerzas que me quedan; las que no se me evaporaron mientras estaba distraída. Quema. El cuerpo es pesado y la cuerda ha soportado ya muchos soles y lunas. No la sueltes. Jala. Subo. Asómate a verme porque estoy esperando verte todavía desde aquí. Cuéntame la historia de “El mejor rescate del mundo” para quererte más. Yo te voy a contar la de “El hombre más mío del mundo”; la de “La mujer más tuya”. Te la voy a gritar desde aquí. Desde mi decadencia que no ha parado de crecer. Talvez porque no quiero.


No te vayas.

charco. (Voz onomat.)

Viví a miles de pies de altura o en el fondo del mar. Pasé días, meses, años en el mismo lugar, ciertamente acostumbrada a la presión sobre la piel, el cabello, los ojos, el pecho. Todo el cuerpo comprimido, presionado, hasta que por sí mismo pidió alivio.

Entonces me desplomé, y ahora siento la debilidad embargando cada poro, cada órgano, cada emoción; cada fortaleza al final desvaneciéndose para caer, como el agua tras la jarra que se quiebra, sobre el suelo.

Soy agua. Lo pongo en evidencia cuando me derramo sobre mí misma, y cuando pido a gritos un contenedor que detenga mi recorrido en el piso inclinado hacia la coladera del patio; quizás en el camino el gato me beba o el sol me evapore, y entonces me sienta más incompleta de lo que estoy ahora que parte de la jerga me ha absorbido.

Tú me ves. Frente a mí me ves. Probablemente en tu cabeza no exista una explicación sobre cómo un cuerpo puede ser presa tan fácil de la gravedad. Esta vez me declaro absolutamente incapaz para desprenderme un milímetro del suelo, o de dejar de correr hacia el patio. Soy presa de la gravedad aplastante, atrayente, invencible.

Mis ojos parecen sobrevivir y alcanzo a gritarte en silencio que me contengas, que me abraces por inútil que parezca, por increíble que pueda ser abrazar un charco de agua. Sólo necesito, en este momento, sentirme contenida.

extraño. (Del lat. extranĕus).

lunes, 28 de junio de 2010
Es extraño pero te extraño poco, aunque cuando te extraño... te extraño mucho.

silencio. (Del lat. silentĭum).

sábado, 5 de junio de 2010


No fue la distancia sino el silencio, lo mudo del aire, el hueco hecho especialmente para las palabras que nunca llegaban. Fue particularmente el vacío que intentaba llenar con fragmentos de miradas que yo estiraba hasta hacerlos tan grandes que al final se reventaban, cayendo en partículas diminutas y regándose por el suelo sin que nadie más que yo los viera como colores iluminando la casa.


No es la distancia sino el silencio, al que no he podido acostumbrarme, del que corro y al que quiero exprimir la sílaba que me dé las certezas que no vi entre líneas y para las que aún hoy, quizás, no esté más preparada.

epílogo. (Del lat. epilŏgus, y este del gr. ἐπίλογος).

sábado, 27 de febrero de 2010
Las palabras cada vez más estorbosas, las maneras cada vez más inútiles, más enfadosas. Yo sin saber bailar y sin tener de quién aprender los pasos que tú sabías, trastabillaba hasta pisarte, hasta llenar de hastío la vasija de tu pecho, tan acostumbrada a callar. "Regalo" y "demanda" son homófonas, "vete" y "quédate", también.

falta. (Del lat. vulg. fallĭta).

jueves, 25 de febrero de 2010
Entonces estaba de vuelta. La luz inundaba cada banqueta y yo caminaba enamorada hasta donde me estabas esperando. Después de poca distancia y mucho silencio, sin tener muy claro cómo ni cuándo, habíamos regresado al punto donde nos quedamos antes de caer en la trampa que parecía haberme cortado un pie. Después de todo estábamos juntos otra vez y yo sostenía (más por prudencia que por voluntad) el eufórico grito con que podría hacérselo saber a la ciudad entera.

La garganta seca hizo que me detuviera; forzando un poco tosí para, en sólo una fracción de segundo y aun sin abrir los ojos, caer en la cuenta de que eran sólo las 3 de la mañana. El silencio permanecía y yo seguía sin un pie.

crónica. (Del lat. chronĭca).

miércoles, 3 de febrero de 2010
Entonces bajé a abrir y estaba ahí, de pie a través del cristal de la puerta de la entrada, cubierto por la noche oscura y húmeda. Abrí y me dio un abrazo silencioso, aunque siempre un abrazo corto gracias a la relatividad; el tiempo de sus abrazos nunca me es lo suficientemente eterno, y sin embargo el pedazo de eternidad cayó aplastante durante los 28 escalones para llegar a la puerta del departamento y preguntar qué había pasado.

Se sentó, me senté junto a él y después de mi pregunta me explicó los últimos días sin que yo entendiera mucho. Me habló de importancias, de hastíos, de pedazos de vida, de atracciones, de lazos... y en mi cabeza un tornado y sobre mi cuerpo la presión del aire que parecía plomo. Sosteniendo las lágrimas e intentando entender el lenguaje con el que exponía algunos motivos de la decisión que tenía oculta bajo la chamarra. Como otras veces, tuve pistas para la sorpresa, y como otras veces, adiviné.

La señal, que entró como un bisturí en la piel blanda, me atravesó el ojo y al mismo tiempo el pecho. Había asentido. Con un solo movimiento había cambiado el color de mis días próximos; el "sí" transformó de un golpe el dibujo de mi vida inmediata, como quien pasa la mano sobre la pintura fresca y se lleva en la palma los más delicados detalles de la obra. El aire plomizo me entraba por los oídos y me llegaba a la cabeza, y lo único que quería era apelar a la eternidad para que perpetrara esa pausa hasta el siempre, o hasta el momento en que pudiera asimilarlo. El alma se me transformó en una hora y con la herida fresca que la desgarraba, agradeció las mejillas diamantadas sobre mi cabello.

Abrió la puerta y cuando se dio vuelta, alcancé a ver en su hombro, pegado a su chamarra, el pedazo de corazón que se desprendió en el último abrazo.

ala. (Del lat. ala).

lunes, 25 de enero de 2010

Entonces no entiendo tu afán de temer, de sufrir el tiempo, de envolverte en dudas. No entiendo de veras tu afán de preguntas sin respuestas ciertas, de tiempos suspensos, de un amor fortuito.

Sugiero que vivas, que quites el freno, que tires el dique que contiene al “quiero”. Que quieras, que brinques, que salgas de casa sin casa sin verte al espejo. Sugiero que dejes de pensar el "cómo".