Tras la náusea, tras el vértigo que me hiciera cerrar los ojos, busco a tientas de dónde sostenerme para evitar que mis rodillas choquen violentamente contra el suelo. Mis manos sólo encuentran aire.aire. (Del lat. aer, -ĕris, y este del gr. ἀήρ)
Tras la náusea, tras el vértigo que me hiciera cerrar los ojos, busco a tientas de dónde sostenerme para evitar que mis rodillas choquen violentamente contra el suelo. Mis manos sólo encuentran aire.mientras. (De mientra).

Dejé a mi lengua bailar dentro de tu boca, haciendo pareja con la tuya y con nuestros dientes como público. Después de terminada la danza, decidieron tus labios recorrer los senderos del cuerpo recorridos antes por las yemas, por las miradas.
Las pieles reconociéndose todas, las caderas cantando al ritmo que marque la noche, y tus ojos, entreabiertos (igual que los labios), susurran que salimos de la cueva de Platón para reconocer las formas que ya habíamos visto en sombras.
El amor hecho por y para, afuera, expectante por conocer la decisión antes de que amanezca. En la recámara siempre es de noche. Nadie saldrá a buscarlo. Se cansará de esperar... y terminará por tocar la puerta.
vertical. (Del lat. verticālis).
Desde abajo. Casi con los pies en el suelo y pendiendo de la cuerda. Sujeta con las fuerzas que me quedan; las que no se me evaporaron mientras estaba distraída. Quema. El cuerpo es pesado y la cuerda ha soportado ya muchos soles y lunas. No la sueltes. Jala. Subo. Asómate a verme porque estoy esperando verte todavía desde aquí. Cuéntame la historia de “El mejor rescate del mundo” para quererte más. Yo te voy a contar la de “El hombre más mío del mundo”; la de “La mujer más tuya”. Te la voy a gritar desde aquí. Desde mi decadencia que no ha parado de crecer. Talvez porque no quiero.
No te vayas.
charco. (Voz onomat.)

Viví a miles de pies de altura o en el fondo del mar. Pasé días, meses, años en el mismo lugar, ciertamente acostumbrada a la presión sobre la piel, el cabello, los ojos, el pecho. Todo el cuerpo comprimido, presionado, hasta que por sí mismo pidió alivio.
Entonces me desplomé, y ahora siento la debilidad embargando cada poro, cada órgano, cada emoción; cada fortaleza al final desvaneciéndose para caer, como el agua tras la jarra que se quiebra, sobre el suelo.
Soy agua. Lo pongo en evidencia cuando me derramo sobre mí misma, y cuando pido a gritos un contenedor que detenga mi recorrido en el piso inclinado hacia la coladera del patio; quizás en el camino el gato me beba o el sol me evapore, y entonces me sienta más incompleta de lo que estoy ahora que parte de la jerga me ha absorbido.
Tú me ves. Frente a mí me ves. Probablemente en tu cabeza no exista una explicación sobre cómo un cuerpo puede ser presa tan fácil de la gravedad. Esta vez me declaro absolutamente incapaz para desprenderme un milímetro del suelo, o de dejar de correr hacia el patio. Soy presa de la gravedad aplastante, atrayente, invencible.
Mis ojos parecen sobrevivir y alcanzo a gritarte en silencio que me contengas, que me abraces por inútil que parezca, por increíble que pueda ser abrazar un charco de agua. Sólo necesito, en este momento, sentirme contenida.
extraño. (Del lat. extranĕus).
silencio. (Del lat. silentĭum).

No es la distancia sino el silencio, al que no he podido acostumbrarme, del que corro y al que quiero exprimir la sílaba que me dé las certezas que no vi entre líneas y para las que aún hoy, quizás, no esté más preparada.
epílogo. (Del lat. epilŏgus, y este del gr. ἐπίλογος).

falta. (Del lat. vulg. fallĭta).

crónica. (Del lat. chronĭca).
Se sentó, me senté junto a él y después de mi pregunta me explicó los últimos días sin que yo entendiera mucho. Me habló de importancias, de hastíos, de pedazos de vida, de atracciones, de lazos... y en mi cabeza un tornado y sobre mi cuerpo la presión del aire que parecía plomo. Sosteniendo las lágrimas e intentando entender el lenguaje con el que exponía algunos motivos de la decisión que tenía oculta bajo la chamarra. Como otras veces, tuve pistas para la sorpresa, y como otras veces, adiviné.
La señal, que entró como un bisturí en la piel blanda, me atravesó el ojo y al mismo tiempo el pecho. Había asentido. Con un solo movimiento había cambiado el color de mis días próximos; el "sí" transformó de un golpe el dibujo de mi vida inmediata, como quien pasa la mano sobre la pintura fresca y se lleva en la palma los más delicados detalles de la obra. El aire plomizo me entraba por los oídos y me llegaba a la cabeza, y lo único que quería era apelar a la eternidad para que perpetrara esa pausa hasta el siempre, o hasta el momento en que pudiera asimilarlo. El alma se me transformó en una hora y con la herida fresca que la desgarraba, agradeció las mejillas diamantadas sobre mi cabello.
Abrió la puerta y cuando se dio vuelta, alcancé a ver en su hombro, pegado a su chamarra, el pedazo de corazón que se desprendió en el último abrazo.
ala. (Del lat. ala).
Entonces no entiendo tu afán de temer, de sufrir el tiempo, de envolverte en dudas. No entiendo de veras tu afán de preguntas sin respuestas ciertas, de tiempos suspensos, de un amor fortuito.
Sugiero que vivas, que quites el freno, que tires el dique que contiene al “quiero”. Que quieras, que brinques, que salgas de casa sin casa sin verte al espejo. Sugiero que dejes de pensar el "cómo".