
Entonces estaba de vuelta. La luz inundaba cada banqueta y yo caminaba enamorada hasta donde me estabas esperando. Después de poca distancia y mucho silencio, sin tener muy claro cómo ni cuándo, habíamos regresado al punto donde nos quedamos antes de caer en la trampa que parecía haberme cortado un pie. Después de todo estábamos juntos otra vez y yo sostenía (más por prudencia que por voluntad) el eufórico grito con que podría hacérselo saber a la ciudad entera.
La garganta seca hizo que me detuviera; forzando un poco tosí para, en sólo una fracción de segundo y aun sin abrir los ojos, caer en la cuenta de que eran sólo las 3 de la mañana. El silencio permanecía y yo seguía sin un pie.
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