Entonces bajé a abrir y estaba ahí, de pie a través del cristal de la puerta de la entrada, cubierto por la noche oscura y húmeda. Abrí y me dio un abrazo silencioso, aunque siempre un abrazo corto gracias a la relatividad; el tiempo de sus abrazos nunca me es lo suficientemente eterno, y sin embargo el pedazo de eternidad cayó aplastante durante los 28 escalones para llegar a la puerta del departamento y preguntar qué había pasado.
Se sentó, me senté junto a él y después de mi pregunta me explicó los últimos días sin que yo entendiera mucho. Me habló de importancias, de hastíos, de pedazos de vida, de atracciones, de lazos... y en mi cabeza un tornado y sobre mi cuerpo la presión del aire que parecía plomo. Sosteniendo las lágrimas e intentando entender el lenguaje con el que exponía algunos motivos de la decisión que tenía oculta bajo la chamarra. Como otras veces, tuve pistas para la sorpresa, y como otras veces, adiviné.
La señal, que entró como un bisturí en la piel blanda, me atravesó el ojo y al mismo tiempo el pecho. Había asentido. Con un solo movimiento había cambiado el color de mis días próximos; el "sí" transformó de un golpe el dibujo de mi vida inmediata, como quien pasa la mano sobre la pintura fresca y se lleva en la palma los más delicados detalles de la obra. El aire plomizo me entraba por los oídos y me llegaba a la cabeza, y lo único que quería era apelar a la eternidad para que perpetrara esa pausa hasta el siempre, o hasta el momento en que pudiera asimilarlo. El alma se me transformó en una hora y con la herida fresca que la desgarraba, agradeció las mejillas diamantadas sobre mi cabello.
Abrió la puerta y cuando se dio vuelta, alcancé a ver en su hombro, pegado a su chamarra, el pedazo de corazón que se desprendió en el último abrazo.
Se sentó, me senté junto a él y después de mi pregunta me explicó los últimos días sin que yo entendiera mucho. Me habló de importancias, de hastíos, de pedazos de vida, de atracciones, de lazos... y en mi cabeza un tornado y sobre mi cuerpo la presión del aire que parecía plomo. Sosteniendo las lágrimas e intentando entender el lenguaje con el que exponía algunos motivos de la decisión que tenía oculta bajo la chamarra. Como otras veces, tuve pistas para la sorpresa, y como otras veces, adiviné.
La señal, que entró como un bisturí en la piel blanda, me atravesó el ojo y al mismo tiempo el pecho. Había asentido. Con un solo movimiento había cambiado el color de mis días próximos; el "sí" transformó de un golpe el dibujo de mi vida inmediata, como quien pasa la mano sobre la pintura fresca y se lleva en la palma los más delicados detalles de la obra. El aire plomizo me entraba por los oídos y me llegaba a la cabeza, y lo único que quería era apelar a la eternidad para que perpetrara esa pausa hasta el siempre, o hasta el momento en que pudiera asimilarlo. El alma se me transformó en una hora y con la herida fresca que la desgarraba, agradeció las mejillas diamantadas sobre mi cabello.
Abrió la puerta y cuando se dio vuelta, alcancé a ver en su hombro, pegado a su chamarra, el pedazo de corazón que se desprendió en el último abrazo.
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