epílogo. (Del lat. epilŏgus, y este del gr. ἐπίλογος).

sábado, 27 de febrero de 2010
Las palabras cada vez más estorbosas, las maneras cada vez más inútiles, más enfadosas. Yo sin saber bailar y sin tener de quién aprender los pasos que tú sabías, trastabillaba hasta pisarte, hasta llenar de hastío la vasija de tu pecho, tan acostumbrada a callar. "Regalo" y "demanda" son homófonas, "vete" y "quédate", también.

falta. (Del lat. vulg. fallĭta).

jueves, 25 de febrero de 2010
Entonces estaba de vuelta. La luz inundaba cada banqueta y yo caminaba enamorada hasta donde me estabas esperando. Después de poca distancia y mucho silencio, sin tener muy claro cómo ni cuándo, habíamos regresado al punto donde nos quedamos antes de caer en la trampa que parecía haberme cortado un pie. Después de todo estábamos juntos otra vez y yo sostenía (más por prudencia que por voluntad) el eufórico grito con que podría hacérselo saber a la ciudad entera.

La garganta seca hizo que me detuviera; forzando un poco tosí para, en sólo una fracción de segundo y aun sin abrir los ojos, caer en la cuenta de que eran sólo las 3 de la mañana. El silencio permanecía y yo seguía sin un pie.

crónica. (Del lat. chronĭca).

miércoles, 3 de febrero de 2010
Entonces bajé a abrir y estaba ahí, de pie a través del cristal de la puerta de la entrada, cubierto por la noche oscura y húmeda. Abrí y me dio un abrazo silencioso, aunque siempre un abrazo corto gracias a la relatividad; el tiempo de sus abrazos nunca me es lo suficientemente eterno, y sin embargo el pedazo de eternidad cayó aplastante durante los 28 escalones para llegar a la puerta del departamento y preguntar qué había pasado.

Se sentó, me senté junto a él y después de mi pregunta me explicó los últimos días sin que yo entendiera mucho. Me habló de importancias, de hastíos, de pedazos de vida, de atracciones, de lazos... y en mi cabeza un tornado y sobre mi cuerpo la presión del aire que parecía plomo. Sosteniendo las lágrimas e intentando entender el lenguaje con el que exponía algunos motivos de la decisión que tenía oculta bajo la chamarra. Como otras veces, tuve pistas para la sorpresa, y como otras veces, adiviné.

La señal, que entró como un bisturí en la piel blanda, me atravesó el ojo y al mismo tiempo el pecho. Había asentido. Con un solo movimiento había cambiado el color de mis días próximos; el "sí" transformó de un golpe el dibujo de mi vida inmediata, como quien pasa la mano sobre la pintura fresca y se lleva en la palma los más delicados detalles de la obra. El aire plomizo me entraba por los oídos y me llegaba a la cabeza, y lo único que quería era apelar a la eternidad para que perpetrara esa pausa hasta el siempre, o hasta el momento en que pudiera asimilarlo. El alma se me transformó en una hora y con la herida fresca que la desgarraba, agradeció las mejillas diamantadas sobre mi cabello.

Abrió la puerta y cuando se dio vuelta, alcancé a ver en su hombro, pegado a su chamarra, el pedazo de corazón que se desprendió en el último abrazo.