
Viví a miles de pies de altura o en el fondo del mar. Pasé días, meses, años en el mismo lugar, ciertamente acostumbrada a la presión sobre la piel, el cabello, los ojos, el pecho. Todo el cuerpo comprimido, presionado, hasta que por sí mismo pidió alivio.
Entonces me desplomé, y ahora siento la debilidad embargando cada poro, cada órgano, cada emoción; cada fortaleza al final desvaneciéndose para caer, como el agua tras la jarra que se quiebra, sobre el suelo.
Soy agua. Lo pongo en evidencia cuando me derramo sobre mí misma, y cuando pido a gritos un contenedor que detenga mi recorrido en el piso inclinado hacia la coladera del patio; quizás en el camino el gato me beba o el sol me evapore, y entonces me sienta más incompleta de lo que estoy ahora que parte de la jerga me ha absorbido.
Tú me ves. Frente a mí me ves. Probablemente en tu cabeza no exista una explicación sobre cómo un cuerpo puede ser presa tan fácil de la gravedad. Esta vez me declaro absolutamente incapaz para desprenderme un milímetro del suelo, o de dejar de correr hacia el patio. Soy presa de la gravedad aplastante, atrayente, invencible.
Mis ojos parecen sobrevivir y alcanzo a gritarte en silencio que me contengas, que me abraces por inútil que parezca, por increíble que pueda ser abrazar un charco de agua. Sólo necesito, en este momento, sentirme contenida.
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