
Y entonces ya no me sentía tan enojada. El coraje, el ego lastimado y la incomprensión de lo que había pasado... ya no estaban. O ya no importaban. Después de tardes soleadas y tormentosas, de días de muchos sinsaberes y algunos sinsabores, volvió a ser un poquito como antes.
Debe ser la vida quien nos siembra ideas sin que nos demos cuenta, y nos regala anteojos que le quita a otros a escondidas; debe ser el tiempo quien redondea nuestras aristas y matiza nuestros claroscuros.
Y todo para que al final, un día caigamos en la cuenta de que no era nuestra enemiga, sino nuestra aliada.
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