
Y entonces aspiró, y al tiempo que sacó el aire movió también el brazo para quitarse de encima la cobija. Se incorporó y permaneció sentada sobre la cama, encorvada.
Sus ojos de frente a sus pies y muslos, y los cabellos sobre la cara. Sin conciencia puso la palma de su mano izquierda sobre el colchón, y el peso de su torso se depositó inclinándole más el cuerpo. Sin escuchar la calle, los vecinos, el aire, los mosquitos en la casa; sin ver al gato atravesando la puerta de la recámara, la tarde nublada que buscaba entrar por la ventana entreabierta, la grieta en la pared.
Le quitó a su brazo izquierdo el peso que sostenía desde hacía no sé cuánto, se recargó entonces en su costado, la cabeza en la almohada; cerró los ojos y con la mano derecha volvió a jalar la cobija. Todo parecía mucho menos complicado ahora.
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